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Exposición Dos dimensiones. en Sala Santiago Nattino APECH. Chile. 2004

Exposición individual con obras realizadas para obtener el título de Pintora con distinción máxima de la Universidad de Chile, en Sala Santiago Nattino APECH en 2004

El siglo de Paloma

 

“Cada lenguaje es una tradición, cada palabra un símbolo compartido; es baladí lo que un innovador es capaz de alterar”

 

Jorge Luis Borges, prólogo a El informe de Brodie



La obra de Paloma Gómez versa sobre la confrontación de los valores fundamentales que han definido la pintura Occidental, desde sus orígenes en el humanista s. XIV hasta sus transformaciones, derivaciones y reinterpretaciones en el pasado y convulso s. XX. Pero esto no se hace evidente sino por medio de una reflexión en torno a cada una de sus telas, lo que pareciera contradecirse con la condición inherentemente “óptica” que la Modernidad atribuyó a la pintura (en desmedro de sus posibilidades intelectuales), lo que ya Duchamp hace casi 100 años criticó por constituir una reducción injustificada de la noción de arte. En este sentido, Paloma demuestra ser “hija de su tiempo” (parafraseando a Kandinsky), al lidiar con una tradición lo suficientemente densa como para que nadie piense hoy, con la vehemencia de otros días, en hacer una revolución en el arte. 

 

Un primer diálogo propuesto por nuestra artista aborda el sistema de representación del cuerpo: la anatomía. El trabajo de taller, el ejercicio del oficio frente a un modelo es un elemento intrínseco de la formación académica, que a su vez sistematiza el valor del desnudo redescubierto en el Renacimiento bajo la aplicación del canon. La captación de las torsiones musculares, las proporciones correctas, la exploración de las diferentes posturas posibles pone en juego una intensidad no sólo propia de la “lucha” por lograr la representación anhelada, sino también hacen silenciosamente palpable la proximidad material del pintor con su objeto de estudio. Pero esto no se vuelve un hecho explícito para el espectador si la obra adhiere a una proposición “ilusionista”, es decir si aspira a lograr una imitación –mimesis- de la realidad. Paloma niega esa posibilidad a través de varios medios.

 

El primero consiste en trabajar sobre fragmentos del cuerpo humano, dándoles un valor autónomo al mismo tiempo que acentuando ese status “croqueándolos” sobre la tela. El uso del lápiz grafito, desde esta perspectiva, no es casual: vuelve a referirse al oficio del pintor, pero desde la labor del “boceto preparatorio”, el cual suele tener una connotación de bitácora para estudiar, entre otras cosas, el trayecto de la creatividad desde la aparición misma de las ideas primigenias. Un croquis es, casi siempre, un concreción transitoria, puesto que está sujeto a correcciones, rectificaciones e inclusive al descarte. No obstante, la cualidad inconclusa del boceto ha sido también objeto de una reivindicación a la que bien puede sumarse nuestra artista. Recordemos que el impresionismo hizo prevalecer la captación fugaz y espontánea de un motivo antes que su acabado; la índole dibujística de la mejor obra de Toulouse- Lautrec es también un buen ejemplo de ello.

 

La otra forma que tiene Paloma de evidenciar su relación metonímica –es decir, contigua- con el modelo es por medio de la impronta de su gesto en la tela, lo que acerca la pintura a un registro de la presencia física del artista, tal como lo descubrió en términos técnicos el surrealismo y lo potenció posteriormente el informalismo, tanto el internacional como el chileno. Es aquí donde, a mi entender, aparece una pulsación romántica en su obra, en el entendido de que esta relación entre el objeto –es decir, el cuerpo del modelo- y su gesto–la huella de la artista sobre el lienzo- presuponen un puente, una comunicación de almas análoga a la idea de reconciliar al individuo con el mundo a través del arte en el espacio del cuadro. Más esta gestualidad en Paloma Gómez está contenida, es ante todo sugerida en ciertas “imperfecciones” voluntarias –como el chorreo de la aguada y algunos empastes poco frecuentes- que, aunque citan la técnica usual de sombreado/ empaste de las luces (lo que era una ley para la economía de medios de un pintor como Couve), son cuestionadas abiertamente en la confluencia de todos estos elementos antes descritos.

El título de la muestra, Dos dimensiones, confirma el respeto a la condición bidimensional que la obra de Paloma Gómez observa en especial al trabajar el espacio. Y ese respeto es una plena conquista de la Modernidad, tamizada y reinventada desde nuestra experiencia contemporánea. En sus lienzos los cuerpos fragmentados “flotan” o “son invadidos” por la pintura, ya sea en forma de coloraciones desencajadas del contorno, planos de color autónomos –que resultan un guiño a la obra de Newman o Rothko- y trozos de tela cruda, que se integran como parte de la estructura general. Aquí se revela la voluntad de plantear el campo de problemas de la pintura con una exhibición absoluta de los recursos pictóricos, no sólo los propios del oficio sino también los que la artista ha ido descubriendo, con lo cual esta contienda visual, que a primera vista pareciera inducir exclusivamente al mero “goce estético”, se desenvuelve con su potencia polifónica frente a los ojos y a la mente del espectador. Esto prueba que lo lírico no está forzosamente reñido con lo intelectual.

 

Por último, sólo me resta decir que si bien las bases del arte de Paloma Gómez se hallan preferentemente –que no exclusivamente- en el s. XX, sus posibilidades apuntan al panorama por escribir en la Historia del Arte del S. XXI.



Luis Felipe Cortés Cuevas, Junio de 2005

Dos dimensiones



Identidad o retrato. óleo y lápiz sobre lienzo y papel. 152 x 220 cm. 2004.

Para ver el resto de la serie pinchar en el título Dos dimensiones del Portafolio

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